Hoy es uno de esos días en los que extraño la rambla, en cualquiera de sus versiones: la rambla de invierno, con el viento del sur volándome el pelo y los malos pensamientos, el frío glacial entumeciéndome los oídos, forzándome a escuchar mis pensamientos en vez de todo lo que me rodea. La rambla de primavera, con un sol reinante que no calienta aún, pero que tanto insinúa y seduce, atrayendo a viejos pescadores, jóvenes con radio y gorditas preocupadas por el incipiente bikini. Tiempo de primeros helados, tardes de bicicleta y cervezas frías.

La rambla del verano tiene tres caras: está la del día, esa que miles de montevideanos comparten con sillas plegables, toallas y bronceador; y la rambla de la noche, la del Teatro de Verano, el Parque Rodó, los bares, la música y los boliches; y a ninguna de las dos logro sentirlas mías entre tantos excesos de la temporada. Yo prefiero la otra, la tercera, la rambla la de la madrugada, la que ya ha dejado atrás las fiestas, el carnaval, las chorizadas, y sólo huele a promesas de Iemanjá y al fresco tibio del rocío susurrando sabe qué cosas tan íntimas al roce de mi piel dorada.

Llega el otoño y con él mi rambla predilecta, la del saquito sobre los hombros, las caminatas largas y la vuelta oficial a la rutina. Viento que sorprende y levanta, chaparrones inoportunos, temporales que anuncian que se viene el invierno y amenazan con olas gigantes y pamperos de mal humor. Muchos son los que resultan disuadidos por su temperamento caprichoso: la rambla poco a poco se sacude a tanto visitante de sus orillas y recupera esa soledad misteriosa que tanto me gusta.

Somos pocos los valientes que ignoramos sus protestas de altamar y osamos recorrerla en todo su rigor, sabiendo que más que un rechazo lo suyo es una prueba de fuego para nuestro cariño. El tiempo pasa, vuelve el invierno; heme aquí frente a sus rocas, viendo las olas estallar en la escollera, buscando el eco de mi rambla a miles de kilómetros al sur, sintiendo cómo el recuerdo de su abrazo gélido va fundiendo, uno a uno, todos los copos de nieve que me rodean.

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