Hay historias que se quedan permanentemente grabadas en nuestros corazones. Relatos que, aunque sencillos, tocan una fibra interna y nos llevan por un sendero mágico.

A veces es el sendero del recuerdo, otras veces es el de las emociones, las risas, los pensamientos o la curiosidad.

En este espacio creado originalmente para Día Soleado queremos extender la invitación a todos los que nos hemos visto afectados por vivir entre dos culturas y juntos honrar esas historias, especialmente las de nuestro querido Uruguay.
¿Quieres conocer la fuerza de una historia? Lee aquí un pasaje de Día Soleado:

“Yo sé muchas cosas de la vida de Esmeralda; hechos que ella no recuerda y hechos que prefiere no tener presentes, pero en ningún caso los divulgo. Es así, por mi posición embarazosa que no puedo evitar enterarme de todo lo que le pasa y ha pasado a esta extraña mujer por su vientre y por su corazón.

Creo que es el caso de todos los autores, que por definición tenemos el don de poder ver con el rabillo del ojo la gama completa de emociones de un personaje, independientemente de lo que éste nos quiera relatar. A veces los protagonistas quieren tener una historia distinta a la que percibimos, una teñida del color que más les interesa, o una en la que se tratan de guardar detalles indiscretos y caen invariablemente en incongruencias. No funcionan este tipo de trucos, al menos no conmigo, porque puedo leer a Esmeralda como a un libro abierto, incluso uno más completo del que trato de escribir.
Parte de la magia de mi situación es saber callar silencios. Por supuesto que tengo los elementos necesarios para revelar toda su historia, desde esa mañana de tormenta inclemente cuando Esmeralda nació debajo de un ombú fornido entre las plantas de yuca, llegando hasta el día de hoy cuando la veo trancando con candado el portón de la pulpería. Podría incluso, si quisiera, mirar más allá del presente y, como autora, usar esa información a mi favor. Pero me resisto a la tentación; eso sería faltarle el respeto y engañar su confianza. La Esmeralda de hoy es la que me cuenta su vida, confidente, y quizás la del día de mañana no lo quiera hacer. Por eso me limito a recibir el regalo de su relato en este momento y olvidarme de cualquier visión futura que pueda empañar la vehemencia de sus palabras actuales.

Con el uso de la profesión he aprendido que cada personaje tiene sus motivos, su pudor y sus límites, y esos hay que saberlos honrar. Esa es la razón por la cual no incluyo en el relato detalles de su pueblucho natal, al menos no más de lo indispensable, porque sé que es una etapa de su vida que ella está intentando dejar atrás, que lo único que quiere es transformarse de Emérida a Esmeralda y rehacer su rumbo. Como mujer la entiendo y le doy el gusto; a decir verdad, a mí también me encantaría que alguien pudiese hacer lo mismo con mi propia historia.
Si no respetara su silencio no habría más cuento, se enojaría ella conmigo y ya no me hablaría más sentada sobre el marco de la ventana, mirando la lluvia caer mientras tomo el desayuno por las mañanas. Es en esos instantes del alba que ella se me acerca, y como en una ronda de cebada de mate, me entretiene por un rato contándome los pormenores de su vida. A veces me habla directamente a mí, en confidencia; otras veces parece reflexionar sola, con la mirada perdida en el gris de los canales, y en ocasiones creo que le está hablando a algún otro personaje. Esos son los momentos más bravos, en los que comienzan a aparecérseme de a dos o tres, charlando entre ellos, y no me queda más remedio que escuchar su sinfonía de voces en este espacio tan chicuelo. Nunca me gustaron los ruidos al amanecer, no soy amiga de la tecnología ni de dejar artefactos prendidos, y no encuentro forma amable de bajarle el volumen a tanto pueblerino junto cuya suposición básica es que, cuanto más alto habla la gente, mejores son las probabilidades de ser escuchado.
La Chela y Ernesto no dicen mucho pero cuando lo hacen es con convicción aplomada. Ercilia cuenta todas las noticias que hay por saber de los ingleses y deja escapar algún chisme sobre la alcaldía. Don Pasquale es medio sordo, aunque no lo sepa; Assunta le habla casi susurrando y entonces más fuerte contesta él. Amalita es amable y distante, hasta que en un arrebato de orgullo decide que no quiere saber nada más de nadie, y los demás se ven obligados a cuchichear en una esquina y mantenerle la distancia. Mientras los otros discuten, Camila reza sus novenas en un rincón junto a la negra Begoña, quien canturrea distraída algún tono de su Angola.
Cuando aparecen todos en la cocina es difícil mantener la calma, tanto para mí como para ellos, porque en algún momento comienzan a encontrarse las historias y a surgir diferencias. Entonces se arman bandos, comienzan los tire y afloje entre las mujeres y los gestos nerviosos de los hombres, hasta que por lo general Esmeralda le grita a Amalita alguna barbaridad, y es así que mi mundano desayuno se vuelve más colorido que una murga.
En un par de ocasiones en las que las versiones de los hechos eran bastante desencontradas, mis visitantes comenzaron una discusión tan vehemente que tuve que terminar echándolos a todos de la cocina. No se ofendieron, simplemente se retiraron al rincón del pueblo y de la inspiración de donde vienen, y arreglaron entre sí sus diferencias sobre la historia. A la mañana siguiente allí estaba Esmeralda de vuelta, sacando conversación, contándome de su vida en la pulpería como si nada hubiese ocurrido.

Es increíble, verdad, que llevo ya casi tres años en Ámsterdam y hasta el día de hoy, habiendo aprendido holandés y desenvolviéndome lo mejor posible en esta gran nube forastera, no he sentido aún la necesidad de abonarme a un periódico o prender el televisor, tal es el grado de compañía que estos pueblerinos me proporcionan. Escucho atenta, y debo confesar que hasta en algunas ocasiones copio textualmente en mi cuaderno las frases que me confían, ya sea porque la información es pertinente o porque su punto de vista es el adecuado para la novela. Pero por lo general necesito un poco de tiempo para decantar lo que han dicho, oír el mismo suceso de varias voces distintas y sacar yo mis propias conclusiones – que no necesariamente incluyo en el relato, pero que preciso para entender un poco más el verdadero orden de los sucesos -.
Los pueblos chicos suelen ser bastante complicados, porque la gama de relaciones y sentimientos es más angosta que en las ciudades modernas. En las metrópolis, con sus amplias dimensiones y el paso frenético de sus habitantes, tanto los motivos como las emociones se dispersan rápidamente al viento, ya sea levantando vuelo y disipándose o generando torbellinos aún más agudos. Esto lo sé por haber vivido toda mi vida anterior en Montevideo, donde el viento de la rambla se lleva todo lo que encuentra a su paso. Aquí en Holanda esto no ocurre: el agua de los canales es mansa y no levanta ni una mera onda, pero la lluvia diaria se encarga de lavar y desteñir las almas al punto tal que las únicas emociones que sobreviven son las más acérrimas, como las mías; mientras los sentimientos más tenues se diluyen sin convicción bajo la perpetua acción del mojado elemento.

Pero volviendo ahora a mi libro (si es que puedo reclamar autoría de algo que me es revelado con fruición), debo decir que a Esmeralda la he visto varias veces en su vida anterior, donde la Banda Oriental pierde su nombre y el diablo el poncho, trabajando cueros en la vaquería, escapándose de su vida seca una noche sin luna junto a ese peón prieto que la mandó llamar; la veo luego en las tranqueras, cambiando caballos lentos por equinos diestros mientras sus jinetes descansan; y si me esfuerzo más, puedo verla aprendiendo cuanto truco malevo existe para sobrevivir entre tanto hombre y tanta hambre.
Entiendo que, por estos motivos, las otras mujeres de la vaquería y las trabajadoras de la curtiembre la hayan excluido, y le hayan asignado aires de mulata altanera sin escrúpulos. Para hacer honor a la verdad ellas tienen algo de razón; desde antes de conocerlas, Emérida se ha declarado distinta a esa chusma que la rodea, y en un rincón de su alma ya sabe que Esmeralda la está esperando en una vuelta de la vida. Ese grado de certeza le añade un dejo tragicómico a este personaje: ella es tan menuda, tan flaca, tan huesuda y pequeñita, que cualquiera que no la conozca la confundiría con una hormiga. Pero, a su vez, ella es tan aguda, tan exagerada y experta en el arte de sobrevivir calamidades que tiene el carácter de una leona hambrienta, y se mueve por el mundo ocupando el mismo espacio físico que un elefante. Es imposible pasársela por alto, tal torbellino de mujer concentrado en un punto tan diminuto del espacio.
Por eso no me llama la atención que Ernesto haya caído a sus pies desde el momento que la conoció. Él no me lo confiesa y jamás lo hará, como caballero que es, pero adivino que no le creyó demasiado la historia de su exotismo, ni creo tampoco que le haya importado mucho. Esmeralda fue la primera mujer que le puso la mano sobre el hombro y que lo miró firmemente a los ojos sosteniéndole la mirada, y eso le debe haber valido a Ernesto más que cien amazonas en celo.
Como autora, me causa ternura, incluso pudor, tener que describir su cortejo: siento que me estoy metiendo en asuntos ajenos donde mis narices no tienen nada que buscar. El vaivén de su relación es simple y preciso, enérgico y gentil a la vez; quizás sea por eso que no me quiera involucrar, para no romperles la magia. Desde el momento que ella entra en su casa esa mañana gris no hay grandes explicaciones, ni discursos, ni diálogos hasta altas horas de la madrugada. Simplemente transcurre el día a día, pero con otro significado. Ernesto le corta flores de los canteros cuando regresa de la alcaldía a la casa, Esmeralda abre las ventanas y sirve un trago sobre la hora de su retorno, y así pasan la vida disfrutando de un noviazgo perenne. Suena cursi, lo sé, y es por eso que decidí no agregarlo a las páginas anteriores del libro. Ellos bailando una milonga sin música cuando cae la tarde, haciendo crujir la madera del salón con los tacones altos de ella y el encanto descoordinado de él.

Hace unos años, cuando llegué al país de las mil y unas vacas, los personajes se insinuaban a veces a mi oído, pero no estaba yo aún en condiciones anímicas de escucharles. Todavía había odio, rabia, mucho rencor dentro de mí como para observar sucesos más allá de mi propio ombligo. Me negaba a oírles, sabes, no podía entender cómo en otro universo uruguayo la vida pudiese ser tan sencilla. No lograba comprender cómo, en vez de amargarse o renegar por vivir olvidados en el medio de la nada, este grupo dispar de pueblerinos acrónicos aceptan su destino y se abren paso gradualmente por los senderos dulces de la vida, mientras yo aquí, en el corazón de una metrópolis cosmopolita, no podía hacer otra cosa que hundirme en un charco de lágrimas. Por aquel entonces quería pensar en Esmeralda y Ernesto como en un dúo patético, y me quería convencer de que su historia de amor no podría ocurrir jamás en el mundo de los seres de carne y hueso, o al menos no debería ocurrir jamás si la lógica estuviese a cargo de la realidad – pero todos sabemos que no lo está, y es por eso que quizás me pueda ganar la vida escribiendo este tipo de historias -.
En esas primeras ráfagas del relato, cuando aún no lo escuchaba pero ya lo presentía, no podía entender que Ernesto dejase entrar a Esmeralda en su casa sin pedir alguna aclaración, que él no le cerrase la puerta en la cara, que no le recriminase nada. Esmeralda, armada solamente de un par de portazos fuertes y un sí mal dicho, vuelve a ser parte de su vida para siempre, y lo hace cuando se le da la gana, sin pedirme permiso a mí que soy la autora.

Al principio pensé que lo mejor sería separarlos en un punto futuro de la historia, pero aprecio demasiado el arte de escribir como para matar un buen relato por motivos personales. La separación no ocurre; es más, sé que mientras escribo estas reflexiones lánguidas ellos se han promovido del salón de la casa a las tertulias de Ercilia Herrera, y me parece que están incluso aprendiendo a bailar el tango. Esmeralda ha convencido a Ernesto de que tiene una dote natural para estas cosas, y él se deja llevar del hocico sin oponer la menor resistencia: si él fuera perro yo hasta escribiría que tiene dos colas meneantes. Ahí entran a bailar, ella con sus tacones rojos sacudiendo los pocos huesos, y él con unos movimientos epilépticos que quieren pasar por secuencia de baile. Patéticos, sí, pero muy enamorados.

¿Cómo puede ser, me preguntaba, que dos seres tan opuestos se enamoren descaradamente, que se quieran sin cuestionárselo y sin sacar cuentas; que se sientan tan felices sin dar explicaciones, ni siquiera a mí que me toca ser la autora? Ya no me lo cuestiono, Juan Ángel, ya he entendido que ésta es mi suerte: contar historias color rosa de los demás, y aceptar que entre nosotros sólo hay espinas.
De todos los autores del mundo que necesitan ganarse el pan con algún relato ellos han venido hasta mí, por algún motivo mis personajes me han elegido, me susurran al alba sus pensamientos y llenan mis mañanas con sus historias. Quizás lo hagan a propósito, pues de la misma manera que yo conozco sus emociones y objetivos, tal vez ellos entiendan mucho más sobre autores de lo que les damos crédito. Puede ser que hayan sentido mi pesar infinito, mi anhelo por un final alternativo contigo; quizás sepan que en la vida real no he tenido mejores epílogos que contar, y me quieran levantar el ánimo enseñándome que para todo hay solución.
Después de todo, vos y yo tenemos bastante en común con Esmeralda y Ernesto: nosotros dos también somos opuestos, nos queremos o nos quisimos mucho, pero en vez de terminar bailando contigo en el salón de tu pueblo aquí me tenés, del otro lado del océano, tratando inútilmente de olvidarte. Y así vamos por la vida, como un fenómeno dispar que nunca ocurre, dos seres diversos por naturaleza o, quién sabe, dos personas tan semejantes que nuestros destinos se comportan como magnetos y se separan cada vez que intentan acercarse. ”