Una de las cosas más curiosas que nos ocurren al irnos de nuestro país es que, pasado el período de descubrimiento y asombro de la patria nueva, tendemos a re descubrir y re dibujar en nuestra memoria los recuerdos de la patria vieja. A veces añoramos la comida, y en nuestra imaginación el sabor de las empanadas no se compara a ningún otro manjar que el Norte pueda ofrecernos. Otras veces, lo que extrañamos es un color, un aroma, una sensación física: los jazmines en flor durante el período navideño, la sombra de los pinos en los balnearios de la costa, el sol de la rambla sobre la piel.

A medida que el tiempo pasa, extrañamos también todo eso que no sabemos: aquellos detalles de nuestro país que nunca nos molestamos en aprender, o que en su momento no pensamos que fueran importantes. Sé de muchos montevideanos que jamás visitaron la Fortaleza del Cerro, simplemente porque siempre estuvo allí y no les urgía hacerlo, hasta que se fueron del país y la oportunidad quedó descartada.
Una de las cosas que muchos uruguayos queremos rescatar cuando ya no vivimos en el Uruguay es la riqueza natural de nuestro país: todos esos rincones que nunca llegamos a conocer, todo lo que ignoramos de nuestra propia patria.

El ceibo es un buen ejemplo. Desde niños aprendemos en la escuela que se trata de un símbolo patrio, que es rojo como la sangre charrúa, que la madera no flota bien y que sólo crece por nuestros parajes. Estando en el norte descubrimos la variedad increíble de flores que adornan las ciudades pulcras y ordenadas de los países fríos y, comenzando a hacer memoria, nos acordamos con cariño del ceibo como otro “recuerdo de allá lejos” que poca gente de nuestro entorno comprende, simplemente de la misma manera que les cuesta comprender qué es el mburucuyá o la pinta negra.
Tal vez muchos uruguayos se sorprendan al saber que nuestro querido ceibo rojo tiene un pariente menos conocido: el ceibo blanco. Se trata de una variedad silvestre que crece en la zona de Cebollatí, y que por su escacez muy pocos orientales han tenido la dicha de ver en flor.

La próxima vez que sueñen con las bellezas naturales de nuestro país y suspiren por sus flores rojas, no se olviden de extrañar también a esta pequeña maravilla que aún no conocen. Flores de ceibo blancas, la nieve de nuestro Uruguay.

 

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