Hay ciudades a las que les gusta gritar su nombre con luces de neón, como Las Vegas, con arcos de triunfo y torres de hierro, à la Paris, o con manzanas y estatuas de libertad, como la apurada Nueva York. Pero hay otras que, más seguras de sí mismas, prefieren simplemente susurrarlo. Tú, Amberes, eres una de ellas.

Te insinuaste en mi vida una y otra noche de verano – una cena improvisada con un alemán que se pasó hablando de fútbol mientras yo trataba de descifrar el menú en flamenco, un cumpleaños de mi hermana viajera celebrado de paso en el bar de tapas de tu plaza central, una parada de apuro en el hospital de la circunvalación mientras conducíamos en la noche y yo rompía fuentes; pequeños y grandes retazos de mi vida que tú ya hilvanabas – .

Ahora que te conozco y me conoces tú mejor de lo que admito, tus callejuelas de piedra y cúpulas doradas me rezan al oído historias de tus tantas vidas paralelas. “Amberes no tiene canales como sus primas holandesas”, me dicen, “pero los tuvo en el medioevo y no los extraña”. Nadie adivina al caminar por el Meir las estructuras de los canales de antaño que hoy reposan bajo sus adoquines; la calle peatonal se vuelve sin ellos más amplia y puede albergar más gente, y tú que tienes corazón de madre generosa, prefieres consentir a tus hijos con más cafés, waffeln y fritjes que atraer turistas con postales baratas o tulipanes estridentes colgando de puentecitos tuertos.

“Amberes tampoco tienes monumentos majestuosos como Roma”, me insisten tus muros, “ni es tan antigua ni tan religiosa”. Lo sé, pero la religión te convirtió por siglos en manzana de discordia entre católicos y protestantes, aunque esto has decidido olvidarlo y reivindicarte, albergando hoy pródigamente a gentes de todos los credos. Es entre tus bolsas de diamantes que florecen las comunidades judía y de la India, es en tus barrios arbolados que buscan amparo los trabajadores de Bruselas, huyéndole a los rascacielos y a la anonimidad de la meca de la comunidad europea. Pero es más que nada en tus puertos donde has sellado tu destino de ciudad gentil, ahora con comercios y vidrieras, en otras épocas de guerra y hambruna con una oficina en la Montevideostraat. Desde allí deseaste suerte a millones de europeos esperanzados, cruzando con la Línea Roja el altamar en busca de un mejor destino. De tus puertos partieron Einstein y Golda Meir, comerciantes y académicos, pero es a los campesinos atiborrándose en los muelles a quien todavía recuerdas con más cariño.

Hay otras cosas de ti que ni calles ni cúpulas me cuentan, pero que ya las intuyo. Te siento humilde, no tienes ínfulas, rascacielos, centros comerciales desmesurados, palacios barrocos o grandes museos, tú no los necesitas. Quien te camina paciente encuentra tesoros escondidos entre tus callejuelas, pequeñas joyas arquitectónicas que albergan obras de Rubens y otros hijos ilustres que tú no olvidas ni reclamas. Eras el centro artístico de los Países Bajos, muchos pintores extranjeros se educaron en tu seno y partieron para ganar fama en otras tierras lejanas. No los hechas de menos, después de todo tienes en cada plaza una escultura de algún artista local más fiel, y entiendes que el arte es mejor que un busto a Napoleón o algún otro coronel malhumorado que haya dormido en tus brazos.

Sólo el soldado romano Bravo ha logrado escaparle a esta tradición e imponerse en la plaza mayor, tirando una mano gigante al río y nombrándote para siempre*. Pero Bravo es parte de tu leyenda y por eso le dejas tirar manos al Schelde desde tu plaza central. Por esta plaza escondida he pasado varias veces, espiando siempre la bandera uruguaya que por algún motivo sigue erguida en tu Comuna junto a las tantas otras. Quién sabe por qué está colgada allí, cada vez que cruzo la alcaldía el mismo viento que agita el pabellón me susurra que tú ya me estabas esperando.

 

Los viajeros apurados no saben nada de esto. Ellos corren del café Horta a la catedral, del museo de la moda a la tienda de Dries van Noten, de la bolsa de diamantes a los chocolatiers, sin siquiera levantar la mirada de las páginas inertes de sus guías de turismo. Qué pena que sientes. Hasta el día de hoy tus cúpulas doradas saludan majestuosas a quien las contemple desde la estación central, pero ya nadie alza la cabeza lo suficiente para admirarlas, y por ahorrarse ese simple gesto se pierden la diminuta meca de oro que todavía tienes para ofrecerles.

A quienes te observamos, te respiramos, bebemos nuestros cafés en tus esquinas y te caminamos en silencio sin paraguas en los interminables días de lluvia, tú te brindas sin reserva.

A mí te has brindado como sólo lo ha hecho mi ciudad natal, regalándome historias de vida en cada vuelta y cada esquina. Con mi hermana viajera hemos celebrado otras ocasiones en tus restaurantes, y al alemán de la cena me lo he vuelto a encontrar. Llevamos ya más de diez años de casados, nuestras hijas son tuyas, dos pralines belgas que tú recibiste honrosa.

Hoy me toca nuevamente despedirme de ti, otra ocasión me aleja como ya nos ha ocurrido antes, arrebatándome de tu seno e implantándome en otro destino, otra vida y otros senderos. Lo sabes y lo sé, pero no me lo reclamas. No me llevo encajes, tapices, ni óleos de Rubens ni tantos diamantes como me gustaría; tus chocolates van en mis caderas, y las historias que hemos compartido ya son capítulos enteros en la novela de mi vida. Tanto tú como yo sabemos que volveré, por eso te ahorras los melodramas de los adioses y no me lo dices. Tan solo me impulsas a volar con mis propias alas, como todas las madres lo hacen, y aguardando mi regreso esperas abierta, paciente y taciturna.

*Amberes en flamenco se llama Antwerpen, proviene de la expresión hant werpen, literalmente “tirar la mano”

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