Villa Española y Ámsterdam no tienen mucho en común, aparte del honor inverosímil de haber sido mis hogares en momentos tan distintos de mi vida. Villa Española fue mi universo atesorado, mi único refugio durante más de 20 años; Ámsterdam se ha convertido en mi escondite por los últimos tres, y sin embargo, la he conocido de una manera mucho más profunda que a mi barrio natal. Mientras que en Villa Española vine al mundo y lo supuse en orden de esa manera, a Ámsterdam la he tenido que descubrir con los ojos de un extranjero, enterarme de sus recovecos, descifrar cómo funciona, desde los horarios de sus negocios hasta los intricados senderos de sus tranvías y bicicletas. He tenido que aprender a navegar sus mares de gente sin ahogarme en el intento, llegando sana y salva a mi destino sin perderme o, mejor aún, perdiéndome y arrancándole uno y otro secreto en cada vuelta de una esquina.

A Villa Española nunca he tenido que descifrarle sus misterios. Desde el momento que abrí los ojos mi barrio ya estaba a mi lado, acompañándome en mi trayectoria de vida, fiel paisaje de fondo de las aventuras de mi niñez. Con los años, sus callecitas tuertas y las baldosas rotas de sus veredas pasaron a ser la alfombra de mis pasos; la sombra de los árboles en los canteros dobles fueron mi remanso constante ante el sol de verano; los campanazos de la Parroquia de la Anunciación convocando a la misa del domingo me tiraron más de una vez de la cama, y el timbre impertinente de la escuela pública fue el único reloj que tuve durante mi infancia.
En Ámsterdam las campanas suenan a destiempo, anunciando quién sabe qué suceso medieval que ya nadie reconoce. Sólo los extranjeros alzamos la vista y corroboramos desconcertados que los horarios marcados nada significan, mientras nuestros vecinos holandeses no se inmutan por el repique metálico proveniente de las torres. Ellos tampoco parecen preocuparse demasiado por el silbido agudo de los tranvías, que constantemente atraviesan la ciudad con su zigzagueo vertiginoso.
En Villa Española y en el resto de Montevideo no hay quien conozca el encanto de estos carros eléctricos, salvo alguna anciana que todavía recuerde la gloria de otras épocas uruguayas, cuando el centro de la capital tenía ese toque distinguido de una Suiza de América. No fue mi generación; por eso ahora que escucho el gentil claqueteo de los coches a riel, me cuesta imaginarme cómo habrá sido ese legendario Uruguay a carriles en el que nunca viví.

En mi barrio natal no se conoce el golpeteo metálico de los trams ; no obstante, la avenida Centenario es impensable sin el ruido intermitente de los autos que la atraviesan. Antes, cuando los tranvías sacaban chispas por la Plaza Independencia, las calles de Villa Española eran silenciosos caminos de tierra. Nadie habría conectado una línea de transporte con esa zona de chacras y terrenos pelados, pues quién tendría interés en llegar desde las magníficas construcciones del centro hasta ese asentamiento humilde de inmigrantes, que sólo con el paso del tiempo pudo ganarse el nombre de barrio.
La avenida Centenario que yo conozco tiene un ritmo muy distinto al de las callecitas peatonales holandesas. Centenario es un manojo de ruidos; por ella sólo pasan tacheros apurados, carros cargados hasta el tope que vienen del Mercado Modelo y prosiguen rumbo hasta Maroñas. También transitan por Centenario un número indescifrable de ómnibus atiborrados de pasajeros, que sólo paran si les queda lugar y si no van muy atrasados, siguiendo los horarios de una misteriosa tablita que el resto de los montevideanos ignoramos. Pero la bulla más intensa de la avenida es el motor de los gasoleros, escupiendo montañas de humo oscuro mientras pelean contra el repecho de las colinas de la avenida. Irónicamente, ya casi nadie siente ni adivina las ondulaciones del terreno bajo el asfalto de la calle, porque mis vecinos de la cuadra aprendieron en la escuela que el Uruguay es casi plano, y no saben lo que es vivir sumergida en un plato más chato que nuestro país, como es Holanda.

En Villa Española los espacios son grandes, diluidos, casi imperiales. Siempre pensé que venía de un “paisito”, como mucha gente llama afectuosamente al Uruguay, mas estando aquí en Holanda me he dado cuenta que las dimensiones de nuestra ciudad son más parecidas a las avenidas francesas que a los recovecos estrechos que uno supone al oír el nombre de un país con diminutivo. Una cuadra de mi barrio son cuatro cuadras de Ámsterdam, y mientras que aquí el cielo se amontona y confunde con los techos irregulares de las casitas tuertas, el horizonte de Villa Española se disuelve en una línea infinita. Éste es el motivo por el cual la avenida doble es el mejor lugar para mirar los fuegos artificiales en año nuevo, ya que tanto cielo abierto parece reflejar los festejos de todo Montevideo y apaciguar el calor intenso de las humeantes parrillas.

Las plazas de mi barrio son muchas y están esparcidas de manera desordenada entre caseríos y almacenes. No son pulcras y simétricas como las de Holanda, ni tienen bustos erguidos venerando a algún pintor famoso o ciudadano ilustre que valga la pena recordar. Nuestras placitas están desgastadas por el uso de los chicos y los jubilados, se les nota la falta de pintura y el paso del tiempo, pues no disponen de los fondos amplios que una intendencia primermundista les pueda dedicar. Si las plazas de Villa Española no están sucias o rotas es gracias al cariño de los vecinos que las usan: un padre arregla una madera salida de lugar; una madre recoge los envoltorios de caramelos tirados en la arena; un anciano seca con una toallita desgastada el banco húmedo de rocío. Las plazas de mi barrio tienen todas lo mismo: uno o dos toboganes de altura modesta, cuatro hamacas, dos chicas y dos sin barras para los nenes más grandes, y un subibaja hundido en la arena que puede o no tambalearse bastante, dependiendo de cuándo fue la última vez que alguien se acordó de ajustarle un poco las tuercas.
En una de esas placitas Cecilia y yo pasamos muchas horas felices de nuestra infancia, abandonándonos al juego, haciendo burbujas de jabón o tirando bombitas de agua cuando nos aburríamos demasiado en verano, y desesperando a nuestras madres en invierno por alejarnos un poco de la zona y jugar a la escondida en algún terreno baldío de mala fama y poco peligro.
En Ámsterdam el concepto de terreno baldío no existe; es más, en toda Holanda no creo que haya nadie que lo entienda. Me acuerdo la primera vez que me tomé un tren local y me puse a mirar para afuera de la ventanilla, curiosa de los detalles que descubriría en el paisaje holandés. Supuse secretamente que vería un montón de terrenuchos agrestes apenas nos alejásemos de la estación central y fuésemos camino a Utrecht, pero no fue así. Todo lo que mis ojos veían rodeando las vías del tren eran parcelas fastidiosamente ordenadas, haciéndome comprobar la existencia de los minifundios pulcros de los que nos hablaba la profesora de geografía en el liceo y nadie le prestaba atención. Recuerdo mi sorpresa al divisar finalmente una serie de casuchas simples, diminutas construcciones de madera erguidas a distancias regulares, que yo automáticamente bauticé como los cantegriles holandeses. Sólo me desconcertó no ver ningún bichicome, pero supuse que los indigentes estarían cobijándose adentro, prendiendo una pavita entre leños y garrafitas portátiles para poder espantar el frío. Después de varios meses, durante una conversación dispar con un colega del trabajo me acordé de esa experiencia y le mencioné mis observaciones a mi amigo Sergio. Él casi se cae de la risa.
– Lo que llamás cantegriles aquí no existe, Mabel. Lo que has visto son volkstuintjes, terrenos con casitas para guardar herramientas de jardín. Son predios asignados, para familias y ancianos que viven en apartamentos y quieren cultivar o tener una esquina verde donde pasar un rato. La pobreza aquí también existe, pero es distinta, más disimulada, si se quiere.
Mi decepción fue infinita al oír semejante respuesta: el único paralelo que había logrado establecer entre Holanda y Uruguay se había visto resumido a un espejismo pasajero.

En Villa Española el concepto tan holandés de aprovechar cada centímetro cuadrado de suelo no tiene sentido, pues los uruguayos no hemos tenido que ganarle el terreno al mar, sólo quitárselo a los charrúas. Lo que sobra en mi barrio no son los diques, sino terrenos baldíos y esquinas abiertas, que nunca supe si es que alguien los había comprado y todavía estaba ahorrando dinero para construirse una casita, o si es que efectivamente no le pertenecen a nadie. Deduzco sabiamente que los predios vacíos no son propiedad de la Intendencia, ya que de ser así ya habrían instalado sobre ellos por lo menos una carpa para juntar firmas y votos durante los meses de elecciones. Conducta impensable en Holanda, moneda corriente en Uruguay.
Una de mis esquinas favoritas del barrio es donde para la línea del 330 cerca del complejo habitacional, un par de paradas antes de llegar a mi casa desde el centro. Allí hay un terreno baldío bastante amplio, donde un chatarrero exhibe una colección interminable de fierros herrumbrados. Parece un cementerio de rejas y chapas, bañeras y tachitos, acumulados todos en una especie de bazar oriental de hierro en el que jamás vi entrar a un cliente o un interesado. Los únicos que osan traspasar el umbral de la chatarrería son dos perros vagabundos que le hacen compañía al caer la tarde, cuando el chatarrero se sienta sobre un tronco caído con el mate bajo el brazo.
Cada vez que pasábamos con papá en el ómnibus, volviendo de Tristán Narvaja, yo fantaseaba con pedirle permiso para bajarme en esa parada y visitar la chatarrería. Estaba convencida que si me daban la oportunidad de revolver entre las montañas de hierros viejos, encontraría una lámpara encantada como la de Aladino, o un buen sable de blandengues. En la vida real jamás me animé a visitar ese mundo de cosas oxidadas, quizás se por eso que aún conservo la ilusión que algo mágico todavía me espera allí.

Los otros terrenos baldíos del barrio nunca tuvieron tal grado de misterio para mí ni para nadie. En ellos el césped crece alto y los grafitis se acumulan en las paredes de cal peladas, que sirven de arcos para partidos de fútbol improvisados y pueden resultar buen refugio jugando a las escondidas. En verano las esquinas abandonadas cobran otra vida, pues no falta alguien que monte cuatro cajones juntos y ponga un puesto de venta de sandías o melones. Son los changadores del Mercado Modelo que, para no tener que arrastrar en sus carretas tanto peso junto hasta Maroñas, deciden deshacerse con antelación de gran parte de su cargamento.
Varias veces, aunque nunca en día de feria, caminábamos con Cecilia y su mamá hasta el puestito de sandía más cercano. Llevábamos el carro de la feria, liviano y vacío, cuesta abajo, y entre las tres empujábamos triunfantes a la vuelta esos huevos verdes gigantes, hasta volver a casa y romper el manjar en mil pedazos dulces que devorábamos en pocas horas.

Pero a pesar de lo lindo de esa y otras aventuras – como la ida a las matinés del cine Flores, hasta que cerrara y su nombre se sumase a la mitología del barrio – nuestro paseo favorito era la caminata dominical hasta el Cilindro.
Aquel edificio gris y bobo que nuestros padres habían conocido acababa de ser pintado con una explosión estridente de pigmentos, y aunque ya había pasado un tiempo desde la última pincelada, toda la zona parecía oler aún a pintura fresca. Cecilia y yo nos acercábamos hasta las puertas para tocar los colores, suponiendo que se nos mancharían las manos. A pesar de lo seco y áspero de la superficie, nosotras nunca perdimos la esperanza de que quedaran dibujadas en nuestras palmas esas pelotas de básquetbol gigantes que colgaban de la pared.
El Cilindro nos cautivó con su misterio por años. De chicas nos contentamos con jugar a su alrededor, y cuando ya estuvimos en edad de querer entrar al predio no lo logramos. El Cilindro se usaba más que nada para partidos de básquet, y ese nunca fue motivo de excursión familiar. Sin embargo, la casualidad nos dio la dicha de conocer lo hueco de la construcción, una tarde fría de julio cuando, por motivo de las vacaciones de invierno instalaron allí una pista de patinaje sobre hielo. Sin guantes ni patines, sin haber sabido jamás lo que es estar parada en una superficie congelada, imploramos igual a nuestras madres que nos llevasen a patinar, queriendo secretamente desvelar el misterio escondido en la panza de vidrio de ese gigante colorinche. Ellas no querían saber nada de eso, ya bastaba con el frío del invierno como para encima tener que pagar entrada para congelarse los pies. Pero papá finalmente cedió a las súplicas y nos acompañó en nuestra aventura, alegando con cierto aire solemne que él había vivido toda su juventud en Galicia y tenía su dosis de experiencia con la nieve, y a nosotras no nos vendría mal que supiésemos lo que es el hielo y cómo se vive en otros países. Mamá lo miró poco convencida, nos abrigó lo mejor que pudo y le dijo a papá que nos divirtiésemos mucho, pero guay con volver a casa con un hueso roto.

Llegó finalmente la tarde soñada, un día de viento soberano y algo de lluvia. No dijimos esta boca es mía, nos pusimos los impermeables y, agarradas del brazo de papá caminamos las cinco cuadras sin quejarnos de la lluvia o del viento que nos cortaba la cara. Al llegar tuvimos que hacer cola afuera por un buen rato, y cuando entramos lo primero que notamos fue el calor, pues llevábamos las manitas entumecidas en los bolsillos y sentíamos las mejillas bastante congeladas.
Dentro del Cilindro había tanta gente amontonada y tan pocas luces que a duras penas logramos discernir una pista de dimensiones modestas armada sobre la cancha principal. La verdadera sorpresa nos la llevamos alzando la vista, cuando logramos admirar boquiabiertas el famoso techo que le daba a esa estructura cilíndrica un aire de estadio internacional, detalle que nosotras jamás hubiésemos podido adivinar desde afuera.
Esa tarde no patinamos mucho, sólo papá logró dar un par de vueltas erguido y dejándose llevar distraído por sabe cuáles senderos de la memoria, mientras Cecilia y yo, sin nadie que nos atajase y con gente empujando por todos lados, nos resbalamos mil veces y terminamos con un buen par de moretones en la cola. No nos importó, pues la magia de conocer las entrañas de nuestro paseo favorito valió más que todos los almohadones que mamá y doña Étel tuvieron que amontonar para que nos pudiésemos sentar decentemente, hasta que se nos fuese el tono morado de las nalgas.
Pensé que mamá nos retaría o que se pondría furiosa con papá, pero algo en la mirada ausente y húmeda de su marido al volver a casa la convenció de guardar silencio y ahorrarse los comentarios para otras ocasiones que valiesen la pena.

Aquí en Ámsterdam nadie cae tan fácilmente sobre el hielo, tal es el grado de entrenamiento de los holandeses, y los chicos con guantes y patines son algo normal, no una excepción en la niñez. Los canales congelados no son tan frecuentes como en antaño, pero cada invierno hay por lo menos una ocasión en la que el frío cumple su cometido y permite que los cuerpos de agua más angostos se transformen temporalmente en sólidos espejos. Entonces no hay holandés que se precie de serlo que no salga entusiasmado con un par de patines o un trineo improvisado para deslizarse plácidamente sobre un gélido graag . Yo intenté incluso un par de veces, cuando el frío había llegado a su punto más bajo, irme hasta el Ijsselmeer a sumarme al espectáculo. Pero mientras mis amigos holandeses se escurrían a velocidades vertiginosas entre la multitud de patinadores, yo terminé abatida junto al puestito de erwtensoep más cercano, y me tuve que conformar mirando las piruetas ajenas sobre hielo mientras la sopa me rescaldaba la garganta, logrando refugiarme del frío y de mi falta de coordinación con la memoria de esa tarde de patinaje en el Cilindro de mi infancia uruguaya.

Recuerdo con cariño que, aparte de la estructura pintarrajeada, lo que más nos gustaba de esos paseos al Cilindro era que junto a él había una placita de las mejores cuidadas, con una fuente de agua y varias palmeras bajas plantadas en fila. Ahí nos íbamos prácticamente en excursión con toda la familia, llevando radio, mate y tortas fritas en una cesta. Cecilia y yo acarreábamos pelotas inflables y bicicletas, dispuestas a pasar un par de horas haciendo travesuras en ese mundo abierto de dimensiones colosales. Muchos otros vecinos de la cuadra se sumaban a la excursión, escapando de sus diminutas calles y veredas angostas, buscando la amplitud inmensa del parque y de la avenida principal.
No faltaba nunca un heladero o vendedor de garrapiñadas paseándose por la avenida Centenario. Ruegos mediante a mamá que se quejaba de que todavía quedaban torta fritas, a Cecilia y a mí nos deleitaban la pancita golosa, y cuando ya no dábamos más de comer, jugar, correr y saltar y nuestros padres estaban absortos en sus conversaciones, los chicos nos metíamos sigilosamente por un hueco del alambrado en el Museo de la Aviación, a recorrer esos dinosaurios del aire herrumbrados que a nadie más importaban. En vez de museo ese parque parecía más bien un cementerio de aviones, pues en toda una vida de habitar a pocas cuadras de esa esquina creo que sólo habré visto tres o cuatro veces abierto su portón de hierro verde con los horarios escritos en blanco. En Villa Española era un chiste conocido decir que el Museo de la Aviación debía tener el récord mundial de visitantes queriendo verlo y sin poder entrar.
Un domingo templado de marzo, Juan Ángel, cuando te quedaste en Montevideo y viniste a tomar mate en casa, salimos a pasear por el barrio y tuve la alegría de encontrar las puertas del Museo abiertas de par en par. No había nadie en la boletería, ni siquiera un velador, pero pudimos atravesar el umbral y recorrer a gusto el predio. Me sorprendió darme cuenta que las dimensiones de mi niñez eran distintas, y lo que en otra época me había parecido enorme era más bien una cuestión de edad y perspectiva. Los aviones y helicópteros resultaron ser modelos chiquitos, donados sabe por qué gobierno y bajo qué circunstancias, y de haber pasado demasiadas lunas a la intemperie estaban tan herrumbrados que le hacían competencia a mi chatarrero de la lámpara mágica. Fue la única vez en mi vida que entré al museo por la puerta principal, como se debe, y a pesar de que no pagamos entrada tú jamás me creíste la historia del museo sin abrir.
En Ámsterdam no sé de nada que esté cerrado por tanto tiempo. A esta ciudad si hay algo que le sobran son museos abiertos, carteles con horarios de visita, turistas y guías políglotas, eternas colas para entrar a alguno de los millones de edificios viejos o cafés perennemente iluminados. Se le nota que ella es una ciudad cosmopolita, no un barrio olvidado en la periferia de una capital desgastada.

Tanto en Ámsterdam como en Villa Española el tiempo de antaño se mezcla con el moderno, pero mientras que en mi Villa es una mezcla calma, resultado de años apilándose de manera arbitraria, en la metrópolis holandesa la combinación de antaño con presente resulta ser tan intensa como el giro de un caleidoscopio, dándole un frenesí prestigioso que mi Villa jamás conocerá.
Ámsterdam, absorta en su notoriedad, no parece saber nada de la existencia de barrios lejanos con ritmo de cuentagotas; de tardes de calor diluyéndose al compás de las chicharras; de niños de escuela con moñas torcidas saliendo disparados cuando suena la campana; de ráfagas imprevistas del pampero que levantan todo a su paso pero dejan brillar todavía al sol que reina todo el año, porque las nubes en Montevideo son siempre pasajeras y no residentes perpetuas como en Holanda.
Ámsterdam no conoce el silencio de las calles desiertas a la hora de la siesta, el olor de basurales improvisados en las esquinas sin nombre, el ruidaje de carcachas viejas que se quedan en cada repecho y tiznan el aire de humo, el jadeo de los perros vagabundos siguiendo con la lengua afuera a algún carrito del Mercado, o el pasar lento de las procesiones de viejas alrededor de la parroquia los domingos de ramos. Ella no sabe de errores de ortografía a tiza en los carteles de las agencias de quinielas y las fábricas de pasta, de niñas alegres recitando zorzales en los muritos de las placitas, de un zapatero abriendo las puertas de su negocio temprano y dejando respirar olor a cuero a toda la cuadra, del anhelo de una higuera cansada esperando a quien le susurre un cuento al final del día.

Ámsterdam en su fama jamás vivirá lo que son esas pequeñeces montevideanas: esta ciudad egregia está destinada a otros grandes gestos y otros sucesos imponentes, ignorando en su celebridad todo lo que se pierde de ser en el sur del globo y bajo otras estrellas. La gran capital debe aún resignarse a reinar en folletos de turismo, pero a ser siempre segunda en el mundo de mis sentimientos. Todas las historias de barrio que esta metrópolis desconoce, todas las pequeñas y grandes diferencias con mi Villa que constantemente me recuerdan lo que ha quedado atrás, todo de lo que entre sus calles y canales me puedo olvidar mientras me maravillo distraída de mi nuevo entorno foráneo, todos esos detalles leves aún tienen las huellas de mi niñez marcadas a fuego dentro de mí.
Y mientras yo les llamo con la memoria y todavía les lloro, una sabia anciana holandesa me recibe y me arrulla lentamente en sus brazos húmedos. No me hace preguntas y me invita a mecerme en su vaivén, sin contar las horas, sin volver la vista atrás, generando nuevos senderos en esta mi vida nueva; esperando lograr así que no la reniegue más a una esquina despoblada de mi corazón uruguayo y que un día la acepte finalmente como mi nueva madre adoptiva.

(Capítulo extraído de Día Soleado)

 

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